Revista N°209

Irradiación de alimentos, ¿por qué?

La economía ante la salud

El gobierno que si por algo se caracteriza es por propagar tecnología de punta, estar a la vanguardia de todos los “adelantos”, ha anunciado la irradiación, ahora generalizada de alimentos, como una nueva panacea.
     Se trata de irradiar alimentos para prolongar su comestibilidad. Algo que se venía haciendo hasta ahora pero de modo puntual, con limitaciones sobre deterrminados alimentos a los cuales se los irradia para evitar parásitos o brotes mediante radiación ionizante.
     La cuestión de los alimentos irradiados tiene dos aspectos claramente diferenciables aunque interrelacionados:
1) cómo incide en los alimentos, directa o indirectamente;
2) cómo incide en los costos empresariales.

Existiendo y siendo promovido por el mundo empresario se lo da por bueno. Hay allí un significativo juego de la mosqueta: porque se lo da por bueno para nuestra salud, pero se cuelan las ventajas que tendrán las empresas “que podrán comercializar la mercadería en plazas más alejadas del punto de origen” (Belén Ferrari, La Nación, Bs.As., 17 jul. 2017). Es decir, se superpone el aspecto 1) y el 2).

La posibilidad de irradiar alimentos surgió a comienzos del siglo XX, cuando se desconocía por completo aspectos patógenos de las radiaciones y en general se glorificaba entonces sólo lo que se conocía como adelantos tecnológicos. Efectivamente, el conocimiento otorgado por la radiactividad (lectura de huesos, por ejemplo, sensibilización de determinados compuestos y obtención consecuente de imágenes, extirpación de algunas enfermedades) permitió imaginar una gama inusual de ventajas y aprendizajes (aún cuando simultáneamente se percibiera inesperadas heridas cutáneas en la piel de los primeros radiólogos y muy poco después se empezara a hacer conciencia de cánceres provocados por la radiactividad; tal vez la primera víctima resultó Marie Curie).
     El optimismo tecnológico entonces tendió a aplicar radiaciones a alimentos al advertir que aniquilaba “microbios”, pensando, claro está, en los patógenos (aunque la irradiación aniquile a todos ellos).
    A lo largo de las décadas diversas autoridades bromatológicas en diversos países fueron llegando a conclusiones notablemente diferenciadas. Que es lo que explica que en países como Holanda o Israel (1) se irradie prácticamente toda la comida (desde hace décadas) y en países como Alemania se sea muy restrictivo en el uso de irradiación de alimentos.


Tratemos de dilucidar si es 1) o 2) el motivo de la renovada política gubernamental.
     El gobierno nos dice que “es una tecnología simple y segura” exponiendo alimentos “a una fuente de radiación gamma” […] “que absorba una cantidad controlada de energía”, todo ello para lograr una “esterilización de toda forma biológica que pueda afectar los […] alimentos.” Lo que transcribimos son pasajes de una info oficial que publica el condescendiente Infobae (2). Pero reparemos en su título, ¡ay! que nos recuerda la poesía de Prévert (3) que relata que durante un discurso enormemente trascendente el gran estadista trastabilla en una frase bella y vacía, abre la boca y deja ver los dientes, y la caries de sus pacíficos discursos pone al rojo vivo el nervio de la guerra, el delicado asunto del dinero.” Para el caso que nos ocupa, el título y el subtítulo del aviso de propaganda con forma de artículo periodístico es: “Usarán radiación en carnes, frutas y verduras para que duren más” y para que no quepan dudas, remata: “Una reforma del Código Alimentario Argentino habilitará una nueva generación de alimentos 'larga vida'.”
     Es importante advertir la coordinación del concierto mediático: En La Nación, Rodolfo Touzet, especialista en radiación aclara: ”la carne de pollo y el pescado podrán guardarse en la alacena durante meses” (4).
Lo que se le ofrece a los consumidores, es por lo tanto, comodidad.
     El mundo empresario y los gobiernos saben que eso es buena carnada. Todo el mundo, apabullado por la falta de tiempo, de dinero y siempre apremiado por cubrir las necesidades más heterogéneas, recibe cualquier simplificación de buena gana.

Ya hemos repasado lo que llamamos punto 2) y la segunda parte de 1).
     Pero veamos cómo incide la irradiación en los alimentos, directamente.
     Un aspecto ya investigado: la irradiación se usa en pollos para matar las bacterias de la salmonella, pero junto con dichas bacterias son también aniquiladas las bacterias “buenas” (para el hombre) que combaten el botulismo. Con lo cual podría pasar que en una “limpieza” de salmonella quedaran en pie para un suceso posterior las bacterias causales del botulismo. Como además la irradiación mata todas las bacterias también desaparecen las que nos permiten captar por el olfato, alimentos en mal estado. Perdemos un aliado importante y propio: nuestra nariz.
       Pero además, se ha comprobado que la irradiación destruye vitaminas (particularmente la B1 y la E, vinculada con nuestra condición sexual). Pero aquí se nos presenta el problema de un modo distinto y que entiendo nos lleva al nudo de la cuestión: no hay constancia que la pérdida, relativa, de vitaminas provenga de la irradiación sino del tiempo de almacenamiento que irradiados, los alimentos tienen, que es mucho mayor que el tradicional.
      Es decir, que la irradiación nos invita a comer alimentos vetustos. Y que éstos, justamente por el tiempo transcurrido, tienden a perder vitaminas (y probablemente otras cualidades alimentarias).
     Y aquí estamos, me parece, en el nudo de la cuestión. Desde hace décadas, pasada la fiebre modernista estadounidense que nos invitaba a comer pollos doble pechuga, alimentarnos a pastillas nutritivas, compensar toda la ingestión de grasas no aconsejables mediante complementos en forma de pastillas y batidos alimentarios, la tendencia es cada vez más a recuperar lo fresco en la comida. Slow Food, por ejemplo, va en el mismo sentido; sincerar los ingredientes y procurarlos lo menos quimiquizados posible…
Y es contra esta tendencia que se nos presenta la irradiación. Viene como aliado de la agroindustria y la comida industrial. A gran escala. Que es, cada vez estoy más convencido, la menos saludable.

 

Luis E. Sabini Fernández
luigi14@gmail.com

 


(1) Aunque se trata de políticas alimentarias totalmente diferenciables, parece significativo registrar que Holanda e Israel son, precisamente, los dos estados que vuelcan mayor cantidad de plaguicidas y fertilizantes a sus alimentos, muy por encima de la media mundial (fte.: Guía del Mundo, Montevideo, c:a 2000).
(2) Bs. As., 7 jul. 2017.
(3) Jacques Prévert, Paroles, París, 1946. 11 jul. 2017.
(4) http://www.lanacion.com.ar/2039838-llega-la-carne-larga-vida-para-conservar-en-la-alacena-durante-meses.

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