Revista N°210

Sujetos del amor

Editorial

Casi no pasa un día en que uno no se entere de una violencia injusta en contra alguien indefenso: uso patoteril hacia mujeres y niñas jóvenes, muy jóvenes, como Melina que tenía 11 años cuando despertó del coma gritando “me violaron entre todos”… la habían golpeado, quemado con cigarrillos y luego la habían descartado inconsciente en una ruta para que alguien la atropelle en la noche, cosa que sucedió, solo que esa persona la llevó a un hospital. A esta niña prácticamente hay que rehacerle la vagina y trabajar sobre otras heridas como la del cráneo por el golpe del auto y su psique muy maltratada. La metodología en estos casos es del use y tire, la niña o mujer objeto… Luego están los casos que agarran y golpean ferozmente a alguien, como en Córdoba y Medrano por ser homosexual con riesgo de que pierda un ojo, o a otro le destrozaron el rostro “por ser chileno”… Más allá del bullying -que además del instigador requiere de todo un equipo de risueños aplaudidores- están estas feroces palizas, violaciones, empalamientos y mutilaciones que escapan todo entendimiento humano.

Y aquí hay que señalar varias cosas. Este sistema trata al ser humano como número, como si fuésemos “cosas” intercambiables, contratables y desechables, como objetos. No es casualidad, por ejemplo, que un político se presente ante empresarios como “gerente de recursos humanos” en lugar de “ministro de educación” sustituyendo la lógica lograda por las sucesivas revoluciones sociales por una mirada desde y para los mercados, o mejor dicho: los mercaderes. El sistema pretende pasarnos de ser ciudadanos a ser meros consumidores. El dinero tiene más peso que las personas, lo podemos observar, por ejemplo, en relación a la vivienda cuyo derecho es menos importante que el negocio de unos pocos, o ante un trabajo donde el verdadero poder lo tiene la empresa y no el empleado por más que quieran disfrazar las cosas con nuevas leyes que encima perjudicarán aún más a la parte más débil inventando de que son dos partes iguales. Lo vemos al hacer un trámite, la burocracia puede más que el ser humano, un documento puede más que la presencia de una persona, una firma mediante escribano puede más que la presencia con documento. Los ejemplos son infinitos, estamos en un mundo cosificado y regulado a favor del capital y no del ser humano; ordenado en un régimen burocrático, custodiado por gendarmes armados. Eso “convierte” al ser humano en un “objeto”. Y en una sociedad donde los objetos son desechables, “transforma” al ser humano en un “objeto desechable”.


Mientas los cuerpos pasan a ser mercancías, ante el sexo no importa ya la atracción entre dos personas sino el tamaño, las proporciones y las formas y en eso machacan los medios de incomunicación de masas día a día… A eso se suma la oferta paga de sexo siliconada. Y seguimos mirando la cáscara, lo opuesto que plantea el tantra que es permitirse “bucerase” mutuamente y sentir en profundidad y con lentitud.


En momentos en que hay una transferencia de recursos de los que menos tienen a los que más tienen se legitimizan las injusticias. Cuando se pasan recursos, que dentro de este mismo injusto sistema capitalista usaban los niños, los discapacitados y los jubilados a los que más tienen que se dedican a engrosar sus cuentas llevando el dinero a paraísos fiscales, lo que se percibe inconsciente-mente es un visto bueno a las injusticias. Más cuando eso se respalda con represión. Cuando los que elegimos para administrar este suelo descuidan a los que trabajan así sea en un submarino, en una escuela o en un hospital, lo que se siente es desprotección e injusticia. Cuando escuchamos defensas desde diferentes -e impresentables- figuras públicas a asesinatos, hasta con tiros por la espalda a un pibe desarmado, es como un visto bueno al “vale todo”. Todo eso queda rondando en el inconsciente colectivo que va quitándole valor a la vida del prójimo.


Luego están los odios, las sociedades cuando están peor buscan un culpable. Hacerse cargo de haberse equivocado, aunque más no sea con el voto, puede ser difícil, más fácil es que tenga la culpa la mujer sexi, el travesti, el extranjero moreno, el joven de gorrita, el mapuche, el “kaka”, el del otro equipo de fútbol o alguna otra minoría distinguible. Volcarle el odio a ese grupo “enemigo” puede tener un efecto eufórico momentáneo, sin embargo, no solo es lastimoso sino que encima es autoflagelador. Porque el daño a un semejante es también un daño hacia uno mismo aunque hoy la persona no lo pueda ver ni sentir. El odio en sí daña al portador.


Entonces, toda esta violencia de este sistema objetivizador la podemos revertir permitiéndonos percibir desde otro lugar. No se trata de tolerar las diferencias, ¡se trata de valorarlas! Se trata de que lograr sentir la vida fluyendo por el otro, sentir la divinidad en el otro, que también está en uno mismo. Se trata de ir percibiendo con amor esta realidad. Y si hay injusticias denunciarlas, hacerlas públicas, escrachar si la justicia no funciona, buscar siempre, pero siempre, entender que cuanto mejor estén los que nos rodean mejor estaremos nosotros.


La solidaridad no es una debilidad sino un gesto de grandeza, un don de la gente sabia, de quienes logran comprender que todos en definitiva somos uno. Quienes aún persisten en percibirse superficialmente como islas desconectadas del otro seguirán sufriendo. Este mundo terrenal nos enseñó que en la vida se siembra para cosechar, que todo vuelve. El odio puede vencer a otros odios e incluso al amor; pero sólo el amor vence al odio.


Rafael Sabini
rafaelsabini@revistaelabasto.com.ar

 

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