Revista N°212

Mi paz en el caos

Vivir en esta inmensa ciudad no es fácil. No compartimos un montón de códigos, hay gente siempre apurada y encima egoísta. Pongamos el ejemplo del subte: los que quieren subir apretujan a los que pretenden bajar lo cual hace todo bastante tortuoso (en otros países se hace fila de ambos lados de la puerta y bajan primero y suben, en orden, después). Una vez afuera viene la corrida hacia las escaleras mecánicas: ¿quién llega primero? y, sin embargo, una vez ahí se queda la persona parada, quieta, como si el movimiento de la escalera paralizara nuestras capacidades motrices y perdiéramos de golpe todo apuro (en otros países uno queda quieto a la derecha y se mueve por la izquierda).
      En el tránsito es similar, el peatón debe respetar al vehículo, y el vehículo menor al mayor… todo al revés de lo que dice la ley. Y si un embotellamiento hace difícil seguir nunca falta el forro que impide el paso peatonal en una senda -por ganar un metro y luego quedar quieto- o incluso dejando el vehículo en el cruce de calle, deteniendo el tránsito de la otra arteria… sin ganar nada, solo molestando. O el taxista que se detiene donde se le canta por levantar o bajar un pasajero, sin importar detener un hilera de vehículos detrás suyo, sin importarle nada ni nadie…
      El barrio antes de que abriera el shopping, a pesar de la cercanía al centro, era más tranquilo, recuerdo la paz de los domingos por la avenida Corrientes. Ahora los espacios tranquilos son menos, mucho menos. Podemos sentir a veces que el único lugar que creemos tener para recargar energía termina siendo el hogar. Hogar que cada día cuesta más sostener por lo elevado de los servicios -que si bien puede servirle a alguno para concientizarse sobre ciertos derroches- está haciendo la situación más difícil de sobrellevar. Más si le sumamos alquileres y/o posibles despidos o menor clientela por la situación de apriete económico. Pero a pesar de eso uno puede encender la caja boba para evadirse… a un mundo de fantasía, así sean programas que dicen ser periodísticos y terminan siendo propagandísticos, al taradeo habitual, la vulgaridad infinita, la violencia desmedida… en fin. Mejor tomar un libro. O buscarse un rinconcito para hacer yoga o desarrollar tu propia pasión. Porque hagamos lo que hagamos, no deberíamos permitir acceder a que nos contaminen lo más hondo de nuestro ser. Y una vez renovados salir a recorrer con nueva paz el barrio, buscando verlo con magia -o con ojos de turista- que aunque no lo crean está lleno de oasis fantásticos donde encontrarán gente hermosa, gente como la gente.

 


Foto: Elpais



Rafael Sabini
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